El dentista de Pablo Iglesias.

Su imagen es poderosa: mueve y moviliza. Sea como sea, Iglesias comunica. Siempre. La última muestra de ello ha sido la campaña de acoso en internet a la que ha sido sometido en los últimos días, con Google como cómplice involuntario. Una técnica de desprestigio conocida como Google Bombing (bombardeo a Google, en español) en la que una rápida búsqueda de los términos “rata chepuda” arrojaba imágenes del político como resultado.

¿Cuál era la diana? Atacar al secretario general de Podemos por su aspecto. Especialmente, por su dentadura, al incluir imágenes en las que Iglesias imita a un roedor, o, directamente, en las que le caracterizan como uno. Pero lo cierto es que el secretario general de Podemos dejó, hace tiempo, de lucir la sonrisa con la que tratan de denigrar su actividad política.

De Galapagar a Vallecas

Porque Pablo Iglesias está, efectivamente, pagándose un tratamiento dental. No sólo por lo que puedan opinar los expertos en la materia, cuyos ojos rápidamente analizan y diseccionan la diferencia entre las imágenes actuales y las de hace un par de cursos. No, sino porque este diario ha podido confirmar, de fuentes oficiales, que efectivamente es así.

Que el vicepresidente se mueve entre su residencia privada en La Navata, su despacho ministerial -en el edificio de Sanidad del Paseo del Prado- y la Moncloa no es algo que le extrañe a nadie en estos tiempos pandémicos.  En Galapagar reside, sí. En el Ministerio y en Moncloa trabaja. Pero en Vallecas va al dentista.

Al suyo, al de siempre. Un profesional de confianza al que conoce de toda la vida.
El único reclamo de la clínica dental.

Dentista pablo iglesiasSus visitas no son ajenas al vecindario. Con cuarenta grados a la sombra, el trasiego no cesa en las calles del barrio obrero de Vallecas. El distrito, enorme y con diferentes zonas, cuenta con varios vecinos ilustres. Y, entre ellos, claro, el número 3 del Gobierno de España, aunque haga tiempo que no resida allí.

Pero en Vallecas continúan sus raíces. Entre sus calles le siguen tratando como uno más, como el Pablo que era un doctor universitario y docente, como el chiquillo al que vieron crecer. Y como el que ahora acude a sus citas en el dentista de manera discreta, pero con coche oficial y escolta, como es propio de su cargo.

En una de las calles de la zona de San Diego, lejos de la Asamblea de Madrid pero por donde no deja de haber ni un momento vida en la calle a pesar de los cuarenta grados que hay a la sombra un miércoles de finales de agosto, se levanta una discretísima clínica dental. Es pequeña, bastante humilde, y tan sólo un pequeño molar anuncia que, efectivamente, allí trabaja un dentista.

Y no cualquiera, precisamente. El doctor Omar Castro, reputado cirujano dental, tiene allí su propio gabinete. Aunque también ejerce en otros establecimientos en diversas zonas del centro de Madrid, desde el barrio de Salamanca a Legazpi.

Quien suele acudir al odontólogo Castro acostumbra a hacerlo por dos motivos. Uno, que necesite algún tipo de operación bucal. Dos, que quiera aprovechar su maestría con los implantes. De él dicen antiguos pacientes que “cobra un precio justo y, para mí, barato, que le gusta su trabajo y ayudar a las personas”.

Así, el propio dentista destaca que en su cartera ofrece diferentes servicios quirúrgicos -mucogingival, oral, periodontal, prepotésica, entre otras-, como la implantación de carillas -de composite, de porcelana, lumineers- y de prótesis dentales removibles, fijas, sobre dientes naturales o sobre otros implantes.

La combinación de ambos dos factores parece ser lo que haya hecho que el vicepresidente vuelva a Vallecas. “Lo conocemos de toda la vida”, apunta una vecina del barrio en conversación con EL ESPAÑOL. Aunque su antiguo piso -aquel que le enseñó en televisión a Ana Rosa Quintana, en el que decía sentirse “tan a gustito” y desde el que alertaba del “peligro de los políticos que viven en chalés”, alejados de la gente-, en la Colonia Fontarrón, queda bastante lejos, a pie, de aquí.

Precisamente, en los alrededores de la clínica del doctor Castro quedan pocos residentes castizos, de los de siempre. Porque un problema grave asola la zona: los narcopisos y la venta indiscriminada de estupefacientes. Aunque justo, frente a frente con el gabinete dental, una pancarta recibe al curioso defendiendo “la Sanidad Pública y Universal al 100%”.

“No vamos a hablar de lo de Pablo”, sonríe el equipo del doctor Castro cuando se toca el timbre y uno se identifica como prensa. Sin perder la dulzura, pero contundentes. “Tampoco lo hará el doctor Castro”.

Lo cierto es que se conocen del barrio, de toda la vida. No sólo a Pablo, sino también a su madre, Luisa Turrión. Tanto, que el doctor es parte de su círculo de gente de confianza y por eso viene aquí. Omar Castro es sumamente receloso y, para proteger a sus amigos, evita hablar de Pablo con nadie. Pero lleva viniendo muchos años a tratarse aquí

El local, un bajo, es muy sencillo. Un box donde atender a los pacientes, un despacho administrativo y poco más. Todo blanco y con luces frías, las típicas de los entornos sanitarios. Con unas medidas de seguridad anti-Covid estrictas. Hidrogel y desinfección de zapatos nada más entrar.

La orografía de la calle, de un único carril y con tráfico constante -por ella pasa la línea 24 del autobús municipal; al fondo, se ven los raíles del cercanías-, en cambio, hace que los vecinos se pispen rápidamente cuando el vicepresidente del Gobierno pasa por allí. Es inevitable que forme una pequeña revolución. “Los coches negros, sí”, ríe una vecina del mismo bloque. “Pero es muy discreto: visto y no visto. Baja, entra, sale y vuelve a subir”.
Una de las imágenes que arroja la búsqueda en Google con esos términos.

Dientes y forocoches

No es la primera vez que los asesores de los políticos sugieren a sus jefes mejorar su salud (o estética) bucal. Para muestra, un botón: “Yo soy así. Me conocéis de siempre así. Y cuando me nombrasteis, sabíais que era así. Y así voy a seguir”, contestó Alfredo Pérez Rubalcaba, el que fuera líder del PSOE, a su equipo cuando le recomendaron colocarse fundas en los dientes.

Fue en 2011, cuando Rubalcaba era el candidato a la presidencia del Gobierno por parte del PSOE. Sus asesores consideraban que tenía que remodelar su imagen, lucir algo más informal, más juvenil y, además de recomendarle que usara vaqueros más a menudo, el cambio pasaba también por sus dientes. Pero no hubo forma.

En cambio, con Iglesias sí.

Pero, ¿quién está detrás de esta última campaña de difamación? Según El Mundo, la asociación entre “rata chepuda” y la figura del vicepresidente se origina en otoño de 2017. El 25 de octubre, un usuario de Forocoches se refiere a Pablo Iglesias usando esos dos exactos términos en una discusión abierta sobre las críticas que Carolina Bescansa había hecho sobre el que fuera su partido y su secretario general.

Casualmente, esta comunidad tiene un un hilo, abierto desde 2016, que lleva el título de ¿Qué le pasa a Pablo Iglesias en los dientes?.

Extracto del artículo publicado por Elespanol.com

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