Monólogos de dentista.

Sin duda, estamos en una sociedad en la que se opina en exceso alegremente de todo. Casi podríamos afirmar que se dicta sentencia incluso antes de opinar. Un mundo de expertos, sí, y por cierto nada feliz. Un mundo, en definitivas cuentas, que lleva demasiado tiempo en la senda orwelliana más inquietante. Y si en un pasado no muy remoto aún, con contradicciones, pude considerarme una persona con indudables conocimientos, hoy ya no es así. De verdad que cada día me siento un poco más lerdo. Como si el contexto embruteciera en lo moral, en lo intelectual.

Tras el azaroso tránsito por la vida, y ya abuelo, me doy cuenta de que apenas sé de tres cosas: mi madre, las dos Guerras Mundiales del siglo XX y los dentistas. A eso último voy. Desde que era adolescente fui carnaza de odontólogos, y según creo, solomillo. He tenido dentistas en Barcelona, Madrid, Santander, San Sebastián, Hendaya y otros enclaves de terror episódico. Me han hecho daño auténtico, aunque lo cierto es que fue en el pasado.

Pero la huella queda. Son muchas horas sito en el potro de la tortura, o sea el sillón-camilla, rodeado de instrumentos infernales que, encima, emiten sonidos harto amenazadores. En fin, a menudo ni los cuadros, posters o detalles artísticos que cuelgan de las paredes de la Habitación del Miedo ayudan a tranquilizarte. Todo lo contrario: dibujos del interior del diente, etc.

El caso es que, dado el tiempo que uno invierte ahí cuando se es usuario de primera, uno, fijado al potro sin poder moverse nada, la boca desmesurada, dolorosamente abierta y llena de hierrajos, al menos se ve abocado a la conversación con su dentista. Y claro, quien viste bata blanca y en ese instante se abalanza sobre ti provisto de un … ¿arma? No, pero lo parece… Es entonces cuando empieza el torrente de comunicación unilateral hasta lo penoso, en medio del cual (no puedes negar o afirmar con la cabeza, pues se clava de inmediato algo en tu garganta) únicamente te es posible, y eso si hay mucha confianza, parpadear con los ojillos llenos de lágrimas, ahí bajo el foco y los alientos cruzados….

¡Es como un Okinawa de los monólogos! De hecho, es la única situación que conozco en la que una de las dos partes está así de neutralizada. Qué abuso.

De alguna manera, tras la frustración y suma impotencia de no poder decir ni mu aunque pienses justo lo opuesto, con lo que eso conlleva de violencia interior añadida a la violencia física -sí, con puntuales aguijonazos de dolor-, llega el relajo y la esperanza: «A lo mejor, aún podré ir a esa cena de mañana…». Lo cierto es que en tal momento, fin de la sesión, ganas infinitas de huir de allí, apenas te quedan fuerzas para responder a toda su descarga de artillería sobre tu maltrecha conciencia. De modo que te despides hasta la próxima, en la que plausiblemente volverá a ocurrir lo mismo: en el fondo y en la forma esa situación me parece deliciosamente anormal.

Esto se lo dice alguien que, siendo jovencito allá a mitad de los años setenta, en Majadahonda, se escapó por la ventana de la consulta de un dentista, e incidentes similares húbolos en otras épocas. A menudo la vida es nuestro dentista. Nos tiene ahí, en el potro, de cháchara, por decir algo. Pero es ella quien manipula, ella quien te otorga o te quita. De forma que mejor relajarse, asentir hasta lo prudente, no hacer movimientos bruscos y, a ser posible, hacerte amigo del dentista. Para empezar.

Artículo publicado por Elmundo.es

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